¿Hay alguien ahí?

Desde hace un tiempo lo tengo cada vez más claro. Escribir es una tarea relativamente sencilla. Si te gusta, es algo que no cuesta mucho esfuerzo. Ahora bien, lo difícil sin duda alguna es llegar a publicar el trabajo de tantas horas delante de la pantalla del ordenador. Desconozco la cantidad exacta de correos electrónicos que he mandado a editoriales (bueno, sólo tendría que mirar la bandeja de salida de mi correo y contar), pero debe de ser ingente, tal vez una lista tan larga como el número de personajes finiquitados por George R. R. Martin.

Vamos con el presente. Lo último ha sido una propuesta de coedición de mi novela por parte de Ediciones Oblicuas. Desde un principio tuve claro que no aceptaría este tipo de proposiciones indecentes. Me parece excesivo dedicar tiempo a un trabajo y, además, tener que pagar por él. Por lo demás, ahora mismo estoy pendiente del fallo de un concurso de novela, así como de la respuesta de dos editoriales: Tusquets y ECU (Universidad de Alicante). Me ha llamado la atención el trato de Tusquets, muy pulcro. Además, contestan a tu propuesta por carta, lo cual le da un cierto aire de solemnidad. En este sentido, hasta te hace ilusión el simple hecho de que te digan «nuestro comité de lectura procederá al estudio de su obra». Esto me recuerda al verso de Darío que decía algo así como «la libélula vaga de una vaga ilusión». Pues eso, que me siento como esa princesa que persigue al insecto odonato por el estanque.

Hace unos meses, mantuve correspondencia electrónica con la editora de Ediciones Babylon. He de reconocer que el trato fue muy humano y me dio a conocer algunos aspectos del otro lado del espejo, esto es, el punto de vista editorial. Me comentó que la novela les había gustado, pero que ese final abierto que tiene (con posibilidades para una segunda parte) hacía que no se pudieran embarcar en un proyecto con varios libros de una serie. No es que tuviera pensado ponerme a escribir «a lo R. A. Salvatore» con su elfo oscuro, pero entiendo también su punto de vista. Por cierto, la editora me dio su opinión acerca de las coediciones y los dos coincidíamos.

Hay más. No contento con haber escrito una novela y no verla publicada todavía, ahora me he puesto a escribir otra. Si es que no aprendemos. A día de hoy llevo ya unas treinta páginas escritas (de las de verdad: espacio simple y tamaño 12) y, además, tengo bastante claro el desarrollo de la historia, ya que realicé en su momento una sinopsis, a la que le he ido añadiendo algunos elementos.

En cualquier caso, si no consigo publicar por la vía tradicional, seguramente opte por hacerlo por mi cuenta. Pero nada de «buboks» ni «lulus». Es posible que me decante por el formato electrónico a través de Amazon o Smashwords.

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Cosas que podrían pasar (o no)

¿Qué tienen en común «La cúpula», uno de los últimos libros de Stephen King y la película alemana «La ola»? Algún avezado lector podría contestar que en las dos todo se va a la mierda. Y tendría razón, la verdad. Pero si se precisa un poco más habría que hablar de los regímenes totalitarios.

Quien me conozca sabrá que es uno de mis temas favoritos, sobre todo después de leer a Orwell en su «1984» o «Rebelión en la granja». Tanto en el libro de King como en la película de Dennis Gansel se habla de cómo es posible mover a la masa utilizando la manipulación y la mentalidad de grupo, esa especie de gen social que todos llevamos dentro y que nos hace sentirnos más seguros cuando compartimos ideas y símbolos.

Evidentemente, en ambas obras las situaciones se llevan a un extremo, pero (y sólo hay que echar un vistazo a la historia) muchas veces en nuestra vida real las cosas llegan a un extremo. Una extraña cúpula indestructible que cae sobre un pueblo en Maine y que lo aísla del resto de EEUU y del mundo; o bien un experimento en una clase de sociología de un instituto alemán es lo que argumentalmente se utiliza en libro y película, respectivamente. Claro, eso nunca va a pasar, como dicen los alumnos de esa clase alemana. Ahora bien, ¿cuáles son indicios que pueden alertarnos de que es posible que pase?

Esta pregunta me parece ya de por sí un poco perturbadora. Añado más. Cuando esto ocurre, ¿la mayoría de las personas es consciente de ello? ¿Qué está ocurriendo en el mundo en la actualidad? ¿Es una fluctuación o se trata de un cambio de régimen efectivo? ¿Nuestras democracias serán capaces de solucionar los problemas actuales, que surgen como vías de agua en un barco que se está hundiendo? ¿Vivimos en unos verdaderos sistemas democráticos?

En ocasiones pienso que, cuando me jubile, abriré por casualidad un libro de texto de historia y leeré algo así como «[...] a principios del siglo XXI se gestó un cambió que derivó a los actuales sistemas políticos conocidos como…». Ni siquiera sé qué pensar acerca de los actuales, así que dejo que cada uno rellene los puntos suspensivos a su gusto.

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Los 80 no volverán

Ahí donde la ves, esta cámara es indestructible.

Se acaba el verano y nada mejor que ir al cine a ver un poco de nostalgia condensada en una cinta antigua de super 8. Los ingredientes son perfectos. Un grupo de amigos pre-adolescentes que viven aventuras en un pequeño pueblo norteamericano de los 70-80, cada uno de ellos con una marcada personalidad. ¡Ya está! Ahí tenemos un pequeño fragmento de “Los Goonies”. No podía faltar el ejército, que son muy malos y tratan de recuperar aquello que han perdido. ¡Más, quiero más! ¡Dame más, J. J. Abrams! Pues como los personajes niños son los protagonistas, los adultos, son planos; casi parece que el guionista-director les haya puesto directamente una careta sobre su rostro real. ¿Para qué hacerlos complicados? ¿Por qué no recurrir al topicazo del padre que no se lleva bien con su hijo tras la muerte de su madre? ¿O por qué motivo privar al espectador de la oportunidad de empatizar con la hija de un borracho?

Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Podría seguir analizando el argumento y personajes de “Super 8″, pero tal vez no debería ensañarme tanto con esta película. Al fin y al cabo tan sólo busca el entretenimiento. Quizás sea duro con ella porque hábilmente alguien me hizo creer que iba a ver un nuevo “E. T.”, o algo parecido a “Los Goonies”. Evidentemente, ese alguien me engañó. Me di cuenta de ello en la escena del tren. Realmente es la que marca el declive. “Pero si eso ocurre prácticamente al principio de la peli”. Cierto. De hecho, hasta ese momento, la película promete. Un grupo de chavales quiere hacer su propia película de terror con apenas medios y mucha voluntad. Sin embargo, a partir de ahí, la tensión decae y el hilo argumental es eso: un leve hilo que está a punto de romperse continuamente por culpa de la poca imaginación del también guionista Abrams.

Aun así, tengo que reconocer que hubo escenas con las que me reí, en concreto aquellas en las que Martin (Gabriel Basso) soltaba algunas de sus frases (o algo más). Además, los créditos esconden un pequeño tesoro, algo mágico que es lo que debería haber sido el eje central de la película: un grupo de chavales utilizando su imaginación. Gran ironía el que los personajes creados por J. J. Abrams parezcan tener más imaginación que él mismo.

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Difícil elección

Me siento en el sofá tranquilo. Miro por la ventana y observo el verde de ese árbol que casi toca con sus dedos el pequeño balcón. Suspiro y me doy cuenta de que necesito un descanso. Al mirar por el negro de la televisión apagada repaso mentalmente qué es lo que puedo hacer ahora con todo el tiempo libre que tengo. La quinta temporada de The wire ya está finiquitada y, sin pedirme permiso, se cuela en uno de esos anaqueles que, supongo, cada uno tendrá en su cerebro con las series, películas y libros favoritos.

Repaso con la vista un mueble transparente en el que guardo un puñado de libros. En la parte inferior están los últimos que he leído durante las semanas anteriores: Crimen y castigo y 1Q84. En el breve mueble de madera, al lado de los auriculares del iPod, descansan La soledad de los números primos La desintegración de Yugoslavia, tratando de huir a su manera del polvo que se arremolina a su alrededor . ¿Que por qué este último? Algunos ya lo saben.

Vuelvo a observar esa negrura. Una chicharra vibra tanto que parece que va a reventar, incapaz de contener su disfrute ante el sol veraniego que cae a pedazos. Podría ver un episodio de Mad Men, aunque creo que sería mejor esperar a que ella viniera. De pronto, las imágenes de El origen del planeta de los simios me asaltan con fuerza, como la del gorila que dobla el hierro como si de papel se tratase.

Es difícil elegir.

Finalmente opto por encender el e-book que mi chica me ha regalado. Como el señor King me aburrió mucho con el último libro que le compré (La Torre oscura), creo tener el derecho de descargarme sin intermediarios uno de los más recientes: La cúpula.

La televisión sigue apagada, como si hubiera cerrado el grifo de imágenes, anuncios y consignas que cada minuto pasan por allí.

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“Sci-fi” recurrente

Un tren hacia Chicago es el centro de la acción del film de Duncan Jones

Cada vez me gusta más este chico, Jake Gyllenhal. Hace mucho tiempo, en una entrada muy lejana, hacía referencia a él. Se ve que le gustan las películas pertenecientes a la ciencia ficción. ¿De qué hablamos? La última de Duncan Jones, director también de la “freaksitosa” Moon e hijo del cantante David Bowie (parece que la coletilla le durará mucho tiempo).

En este punto resumiría las líneas generales del argumento, pero considero que cuanto menos se sepa de él, cuanto más disfrutaremos de la película. Tan sólo voy a comentar las recurrencias de la cinta (este término es muy antiguo ya; habrá que ir cambiándolo).

Atrapado en el tiempo. Se parece bastante, aunque, obviamente, el tema es mucho más dramático. ¿Quién no ha deseado corregir un error cometido en el pasado? La repetición constante y el “ensayo y error” como “leit-motiv” de nuestra existencia. Pobre Jake.

Robocop. Una de esas películas comerciales y muy buenas que nos dieron los años ochenta. También influye en el film de Jones; aunque en este caso se trate más bien de algún guiño, más que desarrollo argumental. Ya sabréis por qué.

Asesinato en el Orient Express. Aquí hay mezcla de novela policíaca y de versión cinematográfica convenientemente adaptada. ¿Quién es el asesino?

Regreso al futuro. ¡Ay, Jenny! Para los que no se acuerden de la trepidante película de Robert Zemeckis, ella era la novia de Marty McFly. La pobre salía poco (principio y final). En Código fuente la presencia de la chica es constante (y muy agradable, por cierto).

Al final de la historia hay una referencia muy clara a otra película que, sui géneris, habla de los viajes en el tiempo. No la voy a mencionar aquí (sería un pedazo de “spoiler”). Pincha en este enlace si ya has visto Código fuente o te importa poco que te la destripe. Creo que la conclusión final es muy parecida.

No sé si el director o el guionista habrían querido que en la película las recurrencias temporales coincidieran con el hecho de que también hay un número considerable de recurrencias (o referencias) a otras películas. Curiosa manera de hacer coincidir forma y contenido. En cualquier caso, pese a que Código fuente pueda parecer demasiado vista, es una película muy interesante. Además, tiene ese regustillo a ciencia ficción de la vieja escuela, sin muchos alardes técnicos y con recursos sobrios pero efectivos.

No sé si el director o el guionista habrían querido que en la película las recurrencias temporales coincidieran con el hecho de que también hay un número considerable de recurrencias (o referencias) a otras películas. Curiosa manera de hacer coincidir forma y contenido. En cualquier caso, pese a que Código fuente pueda parecer demasiado vista, es una película muy interesante. Además, tiene ese regustillo a ciencia ficción de la vieja escuela, sin muchos alardes técnicos y con recursos sobrios pero efectivos.

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