Me siento en el sofá tranquilo. Miro por la ventana y observo el verde de ese árbol que casi toca con sus dedos el pequeño balcón. Suspiro y me doy cuenta de que necesito un descanso. Al mirar por el negro de la televisión apagada repaso mentalmente qué es lo que puedo hacer ahora con todo el tiempo libre que tengo. La quinta temporada de The wire ya está finiquitada y, sin pedirme permiso, se cuela en uno de esos anaqueles que, supongo, cada uno tendrá en su cerebro con las series, películas y libros favoritos.
Repaso con la vista un mueble transparente en el que guardo un puñado de libros. En la parte inferior están los últimos que he leído durante las semanas anteriores: Crimen y castigo y 1Q84. En el breve mueble de madera, al lado de los auriculares del iPod, descansan La soledad de los números primos y La desintegración de Yugoslavia, tratando de huir a su manera del polvo que se arremolina a su alrededor . ¿Que por qué este último? Algunos ya lo saben.
Vuelvo a observar esa negrura. Una chicharra vibra tanto que parece que va a reventar, incapaz de contener su disfrute ante el sol veraniego que cae a pedazos. Podría ver un episodio de Mad Men, aunque creo que sería mejor esperar a que ella viniera. De pronto, las imágenes de El origen del planeta de los simios me asaltan con fuerza, como la del gorila que dobla el hierro como si de papel se tratase.
Es difícil elegir.
Finalmente opto por encender el e-book que mi chica me ha regalado. Como el señor King me aburrió mucho con el último libro que le compré (La Torre oscura), creo tener el derecho de descargarme sin intermediarios uno de los más recientes: La cúpula.
La televisión sigue apagada, como si hubiera cerrado el grifo de imágenes, anuncios y consignas que cada minuto pasan por allí.






Dificil elegir, suele suceder, pero al menos tienes de donde escoger.